miércoles, 11 de julio de 2007

El torturador colegiado

El respaldo del sillón baja lentamente mientras miro, con miedo, la bandeja llena de instrumentos de tortura que tengo enfrente de mí.
El dentista se pone una mascarilla y se sienta a mi derecha. La auxiliar, por la izquierda, me pone una especie de babero níveo y me da una orden: «Abre la boca» e, inmediatamente, me introduce un tubo que luego me deja la lengua como un estropajo, porque me absorbe toda la saliva que soy capaz de segregar.
«La boca grande, grande», repite como una musiquilla machacona el dentista. Y de repente aparece en su mano una jeringa con anestesia y me pincha a traición en la encía. Yo abro todo lo que puedo mientras, de manera involuntaria, voy moviendo la cabeza hacia la izquierda alejándome del de la mascarilla que ya me la había jugado.
Él me agarra la frente y me detiene: «Grande, grande, gira hacia mí», me dice mientras rota mi cabeza y acerca la otra mano que sujeta un artilugio que vibra acabado en un pincho amenazador. Ruummm, ruummm... taladra el de la mascarilla mi muela y, de rebote, mi cerebro.
Se me hacen interminables los veinte minutos que paso con la boca abierta mientras el de la mascarilla hurga en la intimidad de mi boca, con el aspirador de saliva hincándose en mi mucosa, el babero manchado de los restos que va esparciendo mi torturador con su taladro...
Por fin acaba. Se quita su escudo facial y me dedica una sonrisa de no-es-para-tanto, a lo que yo le respondo con otra parecida de que-te-crees-tú-eso.
Pago a la que me mete el tubo y me da órdenes y salgo por la puerta deseando que pasen unos cuantos lustros antes de volver.

2 comentarios:

elchicoquequeriaserbreteastonellis dijo...

Jeje... qué curioso, has elegido el mismo tema para tu post que Malo!! Se ve que los dentistas marcan ;-)

Un beso!

G.

unachicacualquiera dijo...

Efectivamente, se lo dije a ella cuando entré en el suyo... Salí hasta el gorro de allí.